Domingo, 08 Marzo 2015 13:41

Rosalía

Escrito por  Fotos: Equipo de Fotografía de La Brújula / Crónica: Lucía Basualdo
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 Rosalía Benítez tiene 46 años y decide compartir su historia porque sabe que es necesario que mujeres y hombres tomen conciencia del problema social que representa la violencia de género. No sabe por dónde comenzar su relato, pues los episodios de violencia que ella sufrió de su ex pareja Mario “Cacho” Toledo comenzaron hace 17 años, casi en el mismo momento que empezó su relación.

El encuentro con Rosalía tuvo lugar en el patio de su casa. Junto a ella se encontraban Ada Benítez, su hermana, su hija Micaela de 11 años y Chana, de la organización Amas de Casa del país.
Rosalía comenzó a salir con Cacho un tiempo después de que falleciera su primer pareja, el padre de Nicolás, su hijo mayor, quién actualmente tiene 26 años. “En los momentos de debilidad y angustia, cuando una mujer está vulnerable es más fácil ser embaucada por el golpeador”, expresa con firmeza Rosalía, una mujer que después de mucho tiempo cuenta su historia con una mirada propia.
El episodio que luego de mucho tiempo logra identificar como el primero de un largo espiral de violencia sucedió una mañana cuando ella le llevó el desayuno a su pareja. Él, molesto porque quería seguir durmiendo, le tiró la pava al piso.

Durante mucho tiempo Rosalía estuvo convencida de que esa reacción y todas las que siguieron eran porque Cacho había tenido una mala noche o un mal día. Lo describe como un hombre muy comprador, que a todo el mundo le caía bien, que por fuera de la casa la hacía sentir como una reina pero que en la intimidad del hogar la trataba como un trapo de piso.
La promesa de la familia y de la vida en pareja, le resultaron atractivas y al poco tiempo Rosalía esperaba a Facundo, el primer hijo de la pareja. Mientras Facundo crecía, la violencia psicológica aumentaba; hasta ese momento jamás le había pegado, pero siempre amagaba con pegarle puñetes o retenía las cachetadas antes de que se hundieran en su cara.
Luego de un tiempo llegó Mica, que junto a Facundo vivieron una niñez rodeada de temor y armas. Cacho guardaba su revólver en el cajón de la ropa interior de los chicos, tenía la escopeta colgada en el pasillo y para cenar ponía sobre la mesa el cuchillo que llevaba todo el tiempo en el borde del pantalón. Rosalía recuerda que su casa estaba llena de espejos. Ella creía que Cacho los había puesto porque a Mica le gustaba mirarse mientras bailaba, hasta que un día una amiga se dio cuenta que mientras ellas tomaban mate en una habitación, Cacho, a través de los espejos, las vigilaba desde otra.

La primera en percibir esta situación fue Ada. Ada es una mujer con experiencia militante. Después del 2001 participó en la Corriente Clasista y Combativa (CCC) de Villa Gobernador Gálvez, pero interrumpió su militancia para acompañar a su hermana. Ella se define como una mujer con mucho carácter, que dice las cosas como son, pero con Rosalía tuvo que cambiar la estrategia. Cuando una mujer está inmersa en una situación de violencia doméstica no puede reconocerlo fácilmente; en la mayoría de los casos decir verdades no es suficiente para que la víctima tome conciencia de la situación que vive. En medio de la entrevista, con un tono de resignación, Rosalía nos cuenta que durante el tiempo que duró su relación con Mario Toledo sólo podía ver al mundo y a ella misma a través de los ojos de su marido.
Ada comprendía que la única forma de ayudar a su hermana era estando con ella, visitando su casa, haciendo que no se sintiera sola, siendo su cómplice. A Cacho las visitas de Ada no le pasaban desapercibidas, le molestaba su presencia y la presencia de toda persona que pudiera propiciarle un vínculo de contención a su mujer. Los golpeadores saben que para que la relación se sostenga es necesario aislar a la víctima de sus lazos afectivos y Cacho lo logró. Le hizo creer a Rosalía no sólo que sus hermanas querían acostarse con él sino que además querían pagarle para tener sexo. “Se creía un sex simbol”, bromeó Ada, mientras nos contaba como poco a poco fue aislando a su hermana del núcleo familiar.

Mientras Rosalía tenía dos trabajos, en un taller de costura y como empleada de servicio doméstico, Cacho se quedaba en la casa aduciendo que su problema de diabetes le impedía tener un trabajo. Hasta el día hoy Rosalía no sabe que hacía su pareja durante el tiempo que ella trabajaba, porque a pesar de que él administraba el dinero que ella llevaba a la casa, pocas veces hacía las compras o se encargaba de las tareas domésticas.
Las cosas empezaron a cambiar cuando un día Rosalía, apoyada por su hermana, decidió administrar el dinero del hogar. Les compraba zapatillas y ropa a los chicos, comían mejor y más variado. Esto Cacho no lo soportaba. Creía que su mujer “compraba” a sus hijos con cosas para ponerlos en su contra.
Mario Toledo perdía el control, sabía que las cosas estaban cambiando, que su mujer estaba cambiando. Por eso, él comenzó a ponerle somníferos en el desayuno de todas las mañanas, porque creía que mediante la somnolencia que le producían las pastillas iba a poder retener a su mujer en ese círculo violento que durante años había construido.
Rosalía se sentía cansada, débil, le pesaba la cabeza pero a pesar de estos síntomas físicos estaba despertando. En la guardia del hospital le advirtieron lo que estaba sucediendo y desde ese día no desayunó más en su casa. 

Desde 21 de julio de 2012 Rosalía ya no es más una mujer sumisa. Esa mañana Toledo esperó a su mujer con facturas en mal estado, le dijo que con la miseria que cobraba eran las únicas que podía comprar. La noche anterior había maltratado a Facundo y la diferencia entre ese día y los pasados fue que Rosalía estuvo dispuesta a enfrentarlo. Tiró las facturas y fue a comprar otras. Encolerizado, Cacho por primera vez la agredió físicamente, le pegó un puñete en el ojo y otro en la boca del estómago.
No sólo los hombres son machistas, las instituciones de nuestra sociedad también lo son. Cuando Rosalía se dirigió a la Seccional Policial a hacer la denuncia los policías desconfiaron de su relato e intervinieron recién luego de 24 horas, cuando los moretones se empezaron a notar, llevando a Cacho unas horas a la comisaria. Este fue el principio del final.

Ada fue y es cómplice de Rosalía. Con la ayuda de Romi, una mujer que también que había sufrido violencia de género, lograron que la justicia emitiera una orden de expulsión de Mario Toledo del hogar. 
La ecuación por aquellos días era la siguiente: mientras Rosalía más se plantaba ante su marido, él más se violentaba. Cacho necesitaba reafirma su lugar ante Rosalía y como no podía acercarse a su antiguo hogar, un mediodía la sorprendió a salida del trabajo rompiéndole una baldosa en la cabeza.
Rosalía recuerda que por aquellos días Facundo la miraba y sin decirle nada le decía todo. Nicolás, su hijo mayor, se había mudado a la casa de su madre para protegerla. “Mis hijos fueron mis guardianes”, expresa con una mezcla de emoción y orgullo. Facundo, sin que su madre se lo pida, declaró ante la fiscal. Este testimonio fue crucial para que la justicia actúe sobre Toledo. Facundo quería que él, su hermana y su madre pudieran estar en paz, sin gritos, ni armas ni violencia.

Y mientras esto sucedía, Mario Toledo llegaba a su límite. Desprendía amenazas contra las dos hermanas, acusaba a Ada de haber inventado esta situación, estaba desesperado. Intentó reconquistarla, le llevaba flores, certificados de que había empezado a trabajar, juraba que era un hombre nuevo, pero la única persona que había cambiado era Rosalía y no sucumbió ante sus promesas.
Un sábado, como todos los sábados, Toledo buscó a Mica. Mientras la niña se preparaba para irse con su padre, él profirió la última amenaza: “Si las cosas no vuelven a ser como antes alguien va a morir”. Y así fue como el 21 de septiembre de 2012 Rosalía sintió ruidos en el patio de su casa y cayó en la cuenta de que Mario estaba ahí, pues lo perros en lugar de ladrar ante la presencia de un extraño, movían la cola sin parar, como hace todo perro que después de mucho tiempo ve a su dueño. Rosalía no pudo pedir ayuda ni comunicarse con su hermana porque Toledo había cortado la línea telefónica. Sus esfuerzos y los de Micaela no fueron suficientes para impedir que Toledo entrara al hogar y disparara 6 balazos contra su cuerpo.

El testimonio de Chana Menéndez relata la otra parte de la historia. Ella pertenece al colectivo Amas de Casa del País que, en Villa gobernador Gálvez, están desde el 2001. “Es un espacio importante”, asegura Chana, “porque las mujeres no sólo se juntan a realizar actividades puntuales sino que también funciona como un espacio de contención y apoyo mutuo para las víctimas de violencia de género”. El colectivo Amas de Casa del País acompañó a Rosalía en todo el proceso judicial, asesorándola cuando la policía no quiso tomar su denuncia ante el primer golpe. También fue la organización que movilizó a Villa Gobernador Gálvez para exigir que la justicia aprese a Toledo, que en las dos semanas posteriores al intento de asesinato permaneció prófugo. Se movilizaron en octubre de 2014, a pocos meses de que se conociera la sentencia del juicio, para impedir que los jueces accedieran al pedido de la defensa de Toledo de trasladarlo a prisión domiciliaria por su problema de diabetes. 

El 23 de diciembre pasado el tribunal conformado por Julio Kesuani en la presidencia y María Isabel Más Varela y Edgardo Fertita como vocales, dictaron sentencia: condenaron a Mario Toledo a 10 de años de prisión. A partir de ese momento, el colectivo Amas de Casa del País se sigue movilizando para que la Cámara de Apelaciones transforme esa pobrísima sentencia en una condena ejemplar.El caso de Rosalía resulta paradigmático por muchas cosas. En primer lugar porque pone de relieve la ausencia de políticas públicas para prevenir y acompañar a las víctimas de violencia de género; segundo porque pone de manifiesto el machismo presente en todas las instituciones de la sociedad civil, desde la policía hasta el poder judicial que amparan con penas irrisorias a hombres violentos capaces de matar a mujeres. Y por último, Rosalía es en sí misma una mujer emblemática, porque a pesar del dolor que le genera recordar, nos abre las puerta de su casa y nos muestra sus cicatrices porque cree que su relato y su militancia son dos potentes herramientas para concientizar a la sociedad de que no existe ningún pretexto que pueda justificar ni una sola escena de violencia hacia la mujer.

 

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