Miércoles, 23 Marzo 2016 14:52

Sobrevivientes: Lelia

Escrito por  Fotografías: Fernando Der Meguerditchian - Flavia Guzmán / Crónica: Celina Poloni
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Lelia Ferrarese tenía 31 años en 1976. Vivía en el barrio Echesortu de Rosario con sus padres y tres hermanas. Cuando terminó la secundaria en el Normal N° 2, cuidaba niños por hora y usaba el dinero que ganaba para pagar sus clases de danzas clásicas y modernas. Lelia es sobreviviente de la dictadura, y tal vez no sea un agravante contar que no tenía militancia política. Pero sí deja en evidencia la impunidad con la que se manejaron los militares: no importaba ni quién, ni cuándo, ni cómo. Había que desaparecerlos a todos.

 

 

El 4 de marzo de 1976 hacía mucho calor. Lelia estaba en su casa con sus padres y dos sobrinos: la hermana tenía que viajar a Mendoza al día siguiente y por eso los había dejado con ellos. Eran pasadas las doce de la noche. El padre volvía del patio apagando las luces y la madre ya estaba en el dormitorio con los chicos, cuando empezaron a escuchar que Campeón ladraba sin parar (el campeonato de Newells del '74 le había dado el nombre al perro).


Lelia fue detenida en su domicilio el 4 de marzo de 1976
y permaneció hasta el 15 de noviembre en el Servicio de Informaciones. Luego, la trasladan a la cárcel de Devoto hasta que quedó a disposición del Poder Ejecutivo Nacional (PEN) en octubre de 1977.

“Cuando mi padre se dirigía para la puerta, ésta se abre de un golpe y aparece uno de civil, con las armas”, dice Lelia. El primero que vio entrar tenía “pantalones vaqueros, camisa a cuadritos tipo escocesa con colores amarillito, rosa, celeste. Cabello castaño medio ondulado y unos ojos celestes fuertísimos”. Algunos estaban vestidos de negro, otros de oliva, y otros de civil. “Entraron como 7, 8, 10 ahí... y yo sentía que afuera también había”, cuenta. A pesar de ofrecer resistencia, los uniformados llevaron a los golpes al padre de Lelia hacia la habitación donde estaba la madre y sus nietos.

“Ahí me sentaron en el comedor, me empezaron a preguntar un montón de cosas, por nombres. Yo como tampoco militaba para mí eran desconocidos esos nombres”, aclara. Ni en Montoneros, ni en las FAR, ni las FAP, ni en el PRT-ERP, ni en la JUP. Lelia no militaba en ninguna organización. En su casa se hablaba y se discutía sobre política, con una marcada orientación “hacia la izquierda”, pero nadie militaba ni estaba afiliado a algún partido.

“No sé cuántos minutos habrán pasado. Yo pienso que muchos no. Entonces me agarraron a mí de los dos brazos con una venda y me sacaron para afuera. Yo iba por la vereda y reconocía por dónde pisaba. Me sacaron por el portón que estaba abierto y me metieron en un auto que estaba afuera”, relata. Y continúa: “En el momento del traslado yo empezaba a recordar un montón de casos que habían sucedido en el '75. Me acordé de unas chicas que aparecieron tiradas con los pechos tajados, muertas. Yo digo 'bueno... ¿ahora qué es lo que me va a tocar a mí?', porque evidentemente había una patota que estaba secuestrando gente”.

De hecho, “la desaparición de personas como metodología represiva reconoce algunos antecedentes previos al golpe de Estado del 24 de marzo de 1976”, según las conclusiones del Nunca Más, el informe elaborado en 1984 por la CONADEP (Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas). (http://www.desaparecidos.org/arg/conadep/nuncamas/479.html) Se estima que hubo más de 1100 casos de desapariciones forzadas de personas y ejecuciones sumarias, desde el comienzo del gobierno de Héctor Cámpora, el 25 de mayo de 1973, hasta el 24 de marzo del 76'.

El auto se detuvo y Lelia escuchó que se abrían portones. La hicieron bajar y caminar sobre el suelo empedrado. “Me llevaban dos, uno de cada lado. Tan rápido me llevaban que yo los pies apenas alcanzaba a pisar”, dice y hace un gesto rozando las manos con la mesa. La hicieron subir por unas escaleras viejas de mosaico blanco. Era la Alcaldía de mujeres de la Jefatura de Policía de Rosario, ubicada en Moreno y Santa Fe.

Diversos objetos que Lelia guardó de los años en que estuvo detenida, incluyendo cartas que enviaba y recibía, tejidos que realizaban con retazos de telas, y huesos que tallaban dentro de las celdas para hacer colgantes.

Después de muchas subidas y bajadas por las escaleras de la Alcaldía, la llevaron a una habitación con pisos de parquet, que Lelia pudo ver por debajo de la venda que le habían puesto. Le hicieron “submarino” dos veces. La tercera no pudieron porque se movía “como una anguila”, dice. El hombre de camisa a cuadros y ojos azules, el primero que había entrado a la casa a buscarla, era el que daba las órdenes a los gritos.

La levantaron, la hicieron cruzar un patio y la metieron en una habitación llena de colchones en el piso, a la que se entraba por una puerta de vitraux de colores. Estaba exhausta. “El cuello no lo podía ni mover por el submarino y tenía el pelo que era un lío”, recuerda. En se momento, escucha una voz que le susurra “quedate tranquila, ahora no te van a hacer más nada”.

“A la mañana temprano venían las celadoras, abrían la reja. Algunas se empezaban a levantar, tomaban mates. Y después se armaban distintos grupos para hacer algo. Primero se hacían muchas manualidades, se tejía. Inclusive a las agujas las hacían de madera con los cajones que hacían entrar de naranjas, mandarinas, o manzanas algunas veces. También se hacían ruedas de conversaciones... alguna relataba alguna película y se discutía. O sea, tratábamos de mantenernos activas”, describe Lelia. Así eran los días en la Alcaldía de Mujeres.

Lelia sostiene una carta que hicieron sus compañeras detenidas, con un dibujo inspirado en la vocación por la danza clásica que ella practicaba en su juventud.

Durante su detención, Lelia recibió las visitas de su padre y de su madre. Sin embargo, esa posibilidad de contacto con el exterior duró sólo dos meses: a partir del 8 de mayo se cortaron las visitas y sólo les podían llevar cosas como alimentos o yerba. A pesar de eso, Lelia y sus compañeras lograban -por momentos- burlarse de esa incomunicación. En el sótano de la jefatura había una ventana rectangular pequeña que daba hacia la calle Moreno y estaba al ras del suelo. “Algunas veces pasaban los familiares por afuera, les veíamos las piernas. Entonces los llamábamos y caminaban despacito, como para que nosotros podamos decirles cosas”, cuenta.

Allí se quedó hasta el 15 de noviembre de 1976, día en el que trasladaron a todas las mujeres a la cárcel de Devoto en dos aviones Hércules. Lelia suspira fuerte y relata: “Nos pusieron a todas en el piso, engrilladas en el piso. Inclusive en todo el traslado... yo estaba en el medio, pero a las que estaban en los bordes les pegaban a todas, las tiraban de los pelos. Cuando llegamos, nos metieron en los “celulares”, y pusieron a cuatro de nosotras en cada uno. Así que imaginate el calor impresionante que hacía, estábamos apretadas, no podíamos ni respirar”.

En octubre de 1977, a Lelia le “levantaron el PEN” junto a otras 45 compañeras de Devoto (“tener el PEN” significaba estar a disposición del Poder Ejecutivo Nacional). Las trajeron en un ómnibus del ejército a Rosario, a la Plaza San Martín, donde había muchos familiares esperando. Las hicieron entrar a la Jefatura, en la parte de lo que hoy es el estacionamiento. A ambos lados, las rodeaban militares con armas. Frente a ellas estaba Leopoldo Galtieri y dos más. “Galtieri nos dio un discurso de bienvenida. Habló de varias cosas, hasta que dijo que se nos daba una nueva oportunidad de poder reintegrarnos a la familia y a la sociedad... pero que tengamos en cuenta que si a nosotros se nos encontraba en algún momento en alguna situación sospechosa, no se nos iba a preguntar qué era lo que estábamos haciendo. Entonces hizo un gesto con las manos: puso las dos manos juntas con un dedo hacia adelante, como apuntando, y de izquierda hacia derecha, hizo 'ta ta ta ta'”, recuerda. Como si no hubiesen sido suficientes los maltratos, las torturas, el hambre, la incertidumbre, la soledad. Como si no se hubiesen dado cuenta de que quienes tenían en frente eran capaces de disparar antes de preguntar.

Una nota que le acercaron amigos de Lelia cuando estaba detenida,
y un "ordenador", hecho con hilos de toallas viejas,
que las internas colgaban de las camas para poner sus pertenencias.

Durante 1977, la familia de Lelia se había acercado muchas veces a la Jefatura para preguntar por ella, para exigir explicaciones, para obtener alguna respuesta. En una de esas visitas, su hermana notó que el personal policial se refirió a Lelia como alguien que había estado viviendo en una pensión, y que se la habían llevado de ahí. “No, no era una pensión, era una casa”, le respondió la hermana al oficial, y le aclaró que al lado sí había una pensión pero que a Lelia se la llevaron de una casa que tenían con su familia desde hacía más de 60 años.

Se confundieron. “Ellos se ve que habían ido a buscar a alguien que estaba en la pensión. E indudablemente alguien estaba en la pensión, porque a los pocos días (de la detención), mi madre dice que en el cordón de la vereda había unos paquetes con propaganda del PRT y del ERP. Y evidentemente a eso lo sacaron de la pensión, y la que estaba en la pensión se había ido”, deduce Lelia. “Cuando me dieron la libertad a mí, a mi hermana le dijeron que me levantaban el PEN porque habían dado con la persona que ellos habían buscado en la pensión. Que la habían encontrado, que trabajaba en un banco y que tenía 'muy bien hecho el minuto'”, dice. Esto quería decir que esta persona aparentemente ya tenía armada una versión con testigos que daban cuenta de que no era quien buscaban.

Lelia no sabe quién es la chica que buscaban en su lugar. “Una lástima” – reflexiona. “Yo hubiera querido saber quién era y conocerla, viste, charlar. Pero a lo mejor puede ser que ella también piense que por haber estado en el lugar de ella una le guarda rencor. Y yo al contrario, quisiera saber. Me gustaría decirle 'por suerte vos pudiste zafar, y qué bien que no te presentaste para decir que eras vos para que te lleven en lugar mío, porque hubiésemos quedado las dos adentro. A mí no me hubiesen sacado igual'”.

Cuando la liberaron, Lelia se fue a vivir un año y medio a Mendoza con su hermana. Después vivió otro año en Buenos Aires, donde también tenía familiares, y trabajaba en una farmacia. A partir de ahí se instaló en Rosario hasta el día de hoy. Trabajó un tiempo en la Biblioteca Argentina y, más tarde, en la biblioteca del Museo de la Memoria ubicado en Córdoba y Moreno, a una cuadra de la ex-Jefatura de Policía donde había estado detenida. “En octubre de 2003 me jubilé... pero sigo yendo dos o tres veces a la semana a colaborar con las compañeras de la biblioteca”, dice.

Lelia trabajó y se jubiló en la Biblioteca del Museo de la Memoria. Uno de sus salones exhibe fichas de socios detenidos-desaparecidos pertenecientes a la Biblioteca Argentina. Colgadas desde el techo, y a la vista de todos, han servido para establecer conexiones de casos particulares.

Desde que salió en libertad, Lelia no militó orgánicamente en ningún espacio. Sin embargo, desde el primer momento acompañó y marchó con las organizaciones de familiares desaparecidos. Además, hoy en día sigue yendo a las reuniones del espacio Juicio y Castigo “para saber de los juicios, para estar en las audiencias, acompañar a la gente, hacer los aguantes”.

Pero Lelia no sólo “hizo el aguante” desde afuera de Tribunales: también dio su testimonio frente a la justicia en dos ocasiones. La primera vez fue el 15 de febrero de 2010 como testigo de la causa “Diaz Bessone”, por el caso de Ruth González. Ruth había estado con Lelia en la Alcaldía de mujeres, y apareció muerta en octubre del '76 con su hermana y su cuñado. Al año siguiente, el 27 de febrero de 2011, testimonió en la causa “Altamirano y otros”, de la que fue querellante. En esa ocasión, señaló a Carlos “caramelo” Altamirano en una rueda de reconocimiento; el hombre había estado a la izquierda de Lelia en el auto en el que la detuvieron.

“Actualmente las amigas que tengo son hechas en la cárcel”, dispara Lelia. Y cuenta que como ella había sido una de las primeras en salir, después “sabía cuándo iban a salir en libertad las demás y las iba a esperar a las compañeras”. Compañeras: “las que comparten el pan”. Esa definición aparece en el libro “Nosotras, presas políticas” ( http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-66226-2006-04-28.html) (2006), en el que 112 mujeres relatan su experiencia en distintas cárceles del país. Lelia participó de ese libro y comenta por qué se detuvieron a reflexionar sobre el significado de esa palabra: “Aparte de compartir el pan en algunas situaciones en las que se cortaba en pedazos chiquitos para todas iguales, en la Alcaldía se han compartido un montón de otras cosas: momentos de alegría, dolores, tristezas, las cartas con los familiares, las visitas. Y ese vínculo que se ha creado es un vínculo que sólo puede entender la que pasó eso. Es un vínculo indestructible, que mas allá de las formas de pensar que pueda tener una o la otra, ese vínculo de compañeras, lo seguimos teniendo hasta ahora”.

La historia de Lelia es una muestra más de la impunidad con la que se manejaron los militares en la última dictadura. Y no porque su detención haya sido un “error” (de hecho ninguna detención, ni la de los jóvenes que sí militaban fueron “aciertos”). Pero es un relato más que pone en evidencia los horrores que cometieron, y la manera en la que se adueñaron de los cuerpos y de las almas de toda una generación.

Sin embargo, y a pesar de todo, con Lelia no pudieron. Sentada en el patio de su casa, agarra el libro que escribió junto a sus compañeras y rescata una frase de Jean Paul Sartre que dice: “Lo importante no es lo que han hecho de nosotros, sino lo que hacemos con lo que han hecho de nosotros”.

Lelia se enteró, luego de su liberación, que su detención fue una "equivocación". Al lado de su domicilio había una pensión en donde vivía una estudiante a la cual buscaban, pero se llevaron a ella por error. "Yo siempre digo que les salió mal, porque adentro me hice militante", remata.

Visto 1466 veces Modificado por última vez en Jueves, 24 Marzo 2016 13:21