Sábado, 01 Julio 2017 20:55

La bala social y el gatillo individual

Escrito por  Germán Mangione

Editorial del programa La Brújula de la Semana del 01/07/2017

¿Qué tienen que ver la situación de miles de pibes afectados por las adicciones, que se expresó en la jornada nacional de “Ni un pibe menos por la droga”, y el suicidio del jubilado en la Anses de este jueves? ¿Son problemas individuales, meras consecuencias de decisiones personales? ¿O son expresión de algo que va más allá de lo individual?

El lunes 26 de junio en todo el país se realizaron movilizaciones, actos y charlas en el marco del Día Internacional de la Lucha contra el Uso Indebido y el Tráfico Ilícito de Drogas. Este día, establecido por la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1987, se ha transformado en la fecha en la que los movimientos sociales, políticos y religiosos (que vienen dando casi en soledad la batalla en los territorios olvidados de la patria contra las adicciones) salen a la calle para hacer visible el sufrimiento y el padecimiento de familias enteras, que no tienen dónde recurrir por la falta o debilidad de las políticas públicas en la materia.

Seguramente, en otros puntos del planeta el negocio del narcotráfico y su cara más cruel, las adicciones, han generado distintas respuestas desde las bases sociales (poco y nada de los gobiernos que suelen ser más socios que combatientes); y aquí no ha sido la excepción. La respuesta criolla a este drama parece ser el movimiento “Ni Un Pibe menos por la droga”, que interpela al Estado pero también a las instituciones de la sociedad, en torno a la necesidad de una respuesta urgente.

En ese marco, la semana pasada charlaba con un periodista (que no viene al caso quién es) que expresaba una idea que esta clavada en el corazón del sistema, y de muchos de nosotros. El tipo me explicaba que estaba bien el reclamo de políticas públicas, pero que el problema tenía dos partes fundamentales: la familia y la decisión propia. Ahí estaba según él, y según muchos, el quid de la cuestión, el nudo del problema de las adicciones. Sino querés, no consumís. Y si consumís es porque lo decidiste y tu familia te lo permitió. No te cuidó, en todo caso.

Esa idea, tan generalizada en las conversaciones de pasillo, aseverada con vehemencia en cualquier comentario de una red social, esconde una idea central. Según esto, somos libres de decidir. No hay condicionamientos sociales más densos que nuestra propia subjetividad.

Entonces si lo hacés, es porque querés. En el caso de los pibes, en todo caso, porque la familia lo permite. Algo así como el “si le pega y se queda, es porque quiere”, que suele usarse en el caso de la violencia hacia las mujeres.

Pero en el caso de adicciones no tiene solo una expresión doñarosesca, sino que también tiene su expresión progresista. La idea de que “consumo porque quiero, y en todo caso es problema mío”, es la idea que ha primado en la elaboración de las políticas públicas de los últimos 20 años en el país y en la provincia.

En todos estos casos la explicación es siempre individual, parece no importar el entorno, ni la historia, ni la sociedad que da lugar a los hechos. Así un pibe que le prende fuego a la novia es un loquito. El policía que le pega 20 balazos a dos pibes, como sucedió esta semana, es la manzana podrida.

Incluso, el que tiró desde un edificio un botellazo y dos baldosas a la manifestación por políticas públicas para adicciones, es a lo sumo un loco sin identificar. Como calificaron al que dejó internada a la chica en el bar La Chamuyera con un botellazo, o al que con un camión arremetió en San Lorenzo contra un piquete matando un laburante, o en el paro del 6 de abril al que con su moto pisó a una mamá y su hijo en otro corte de ruta.

No me voy a poner en académico de la psicología, porque no tengo tiempo ni herramientas, pero ¿ni siquiera la seguidilla de “locos” solitarios les hace dudar que algo está pasando?, ¿que los contextos sociales producen conductas?
Una buena respuesta a esto la dio el padre de la Psicología Social, Enrique Pichon Rivière, quien aseguró que “el que enferma es el portavoz más señalado de ese proceso, y su intolerancia a un determinado monto de sufrimiento que no pudo soportar lo hace sucumbir y hacerse cargo como chivo emisario de la enfermedad del grupo”.

¿No es tan difícil no? Más vale que vos decidís si consumís, si sos el que aprieta el acelerador del camión, o el que tira la botella. Pero toda y cada una de nuestras acciones tienen contextos y, nos guste o no, nos determinan. Lo veamos más o lo veamos menos. Por supuesto que vos apretas el gatillo, pero el problema que se invisibiliza es el del contexto que carga el arma y nos da la bala.

“Sólo existe el hombre en situación; esto significa que el hombre debe ser abordado en su relación dialéctica con el medio”, decía también y tan bien, Rivière.
Si lo pensás un minuto, te vas a dar cuenta que cuanto cobraba Rodolfo Estivill, el jubilado marplatense que se suicidó en la Anses (más allá de si era viudo o si estaba triste por algo en particular), ese gatillo lo apretó el momento social; o en todo caso quienes lo fabrican día a día.

El momento y los dirigentes que hasta ahora supimos construir. Los mismos que condenan a los pibes a tener como único proyecto de vida ser un soldadito o tratar de olvidarse de lo que los rodea, lo más rápido y profundamente posible. Los que le sacan la pensión a un discapacitado porque es un gasto, como los medicamentos o las vacunas. Los mismos que empujan a valorar más la libertad de circulación que la de trabajar, la de transitar que la de vivir. Los mismos que te dicen que la libertad es consumir, lo que sea, pero consumir.

Allí se encuentran los pibes y las madres que pelean por políticas públicas para adicciones y el jubilado de Mar del Plata, en el vórtice del contexto social que les da forma, que los moldea.

Allí y en la necesidad de entenderlos, y de entendernos como parte de eso que formamos y nos forma en el mismo momento.

Sin embargo, por suerte, lo social está hecho también por nosotros, no nos saca de encima la responsabilidad de nuestra vida, no la pone completamente en el afuera. Y además por suerte no es inamovible. Porque como bien explicó Eduardo Galeano en “El libro de los abrazos”: “Al fin y al cabo, somos lo que hacemos para cambiar lo que somos. La identidad no es una pieza de museo, quietecita en la vitrina, sino la siempre asombrosa síntesis de las contradicciones nuestras de cada día”.

Y por más que nos carguen el arma, y nos la pongan en la mano, todavía podemos pelear para que la única salida no sea apretar el gatillo.