Domingo, 07 Mayo 2017 12:11

35 años de gloria: Héroes contemporáneos

Escrito por  La Brújula

Si bien el 2 de abril es la fecha más emparentada con el conflicto bélico en las Islas Malvinas en 1982, el comienzo de mayo tuvo dos hechos imposibles de olvidar: el inicio del fuego y el hundimiento del Crucero General Belgrano por parte de las fuerzas inglesas. Para mantener viva la memoria en torno a estos hechos que marcaron el devenir de la historia argentina y también homenajear a sus protagonistas, hablamos con tres ex soldados que combatieron en esta gesta.
Te invitamos a conocer sus testimonios y aprendizajes: sus antes, durante y después de la guerra.

Trabajo realizado por el Equipo de Fotografía y Cronistas de la Cooperativa de Comunicación La Brújula 

 

  

 

Claudino Chamorro

Nació el 19 de noviembre de 1962 en Santa Lucía, Corrientes

“Soy el mayor de siete hermanos”, comienza contando. “Vine a Rosario en el ´69 buscando un destino mejor y nos instalamos en el barrio La Sexta. Mi papá y mi mamá trabajaron en el frigorífico Swift, y con el tiempo se hicieron una casa en Villa Gobernador Gálvez. Yo los ayudé junto con mis tres hermanos”. Claudino hizo la primaria en la Escuela “Manuela Gorritti” y cursó parte de la secundaria en la Técnica Nº 5, mientras trabajaba en una fábrica; hasta que llegó el sorteo para el Servicio Militar Obligatorio. “Sí o sí quería hacer la colimba. Un patrón de la fábrica me quiso hacer salvar; pero yo lo quería hacer”, reafirma.

De su ingreso al Servicio Militar, recuerda que el 4 de agosto de 1981 los citaron en la Ex Rural: “De ahí fuimos en camión hasta la Estación Rosario Norte y luego en tren al Centro de Incorporación Marina en La Plata. Ahí estuvimos 45 días, hasta que nos destinaron al Batallón de Infantería Marina 5 (BIM) en Río Negro”, relata.
El 29 de marzo les llegó la orden para ir a custodiar la frontera con Chile y la costa del mar. “Nosotros pensamos, en un principio, que el conflicto era con Chile. El 7 de abril nos hicieron la revisación final y yo tenía una infección en un ojo; tuve la posibilidad de no ir a la guerra, pero fue mi decisión ir; quería ir con mis compañeros”, remarca.

“Tuve dos posibilidades para no estar en la guerra y en un ningún momento me arrepentí de las decisiones que tomé”, dice con humildad. “El querer ir a Malvinas era por respeto y orgullo que me daban muchos soldados que ya tenían el alta del Servicio Militar y podían regresar a su casa, pero decidieron quedarse e ir a la guerra”.
“Al día siguiente de la revisación, nos trasladaron en avión a Malvinas. Llegamos al aeropuerto y nos llevaron caminando hasta Puerto Argentino, más o menos 15 kilómetros. Ahí nos hicieron cavar las posiciones y al poco tiempo nos trasladaron a Monte William, donde permanecimos hasta que terminó la guerra. A dos kilómetros de ahí estaba el destacamento que combatió cuerpo a cuerpo contra los ingleses. Nosotros, con los morteros, éramos un apoyo fundamental para ellos”.

“En las primeras noches, en las que no dormíamos, entre los seis compañeros de puesto que tenía estaba Gastón Pina. Siempre lo recuerdo porque se la pasaba diciendo ‘quédense tranquilos muchachos, los ingleses no van a venir hasta acá’”, recuerda. Pero el 1º de mayo de 1982, cuando inició el bombardeo inglés en Puerto Argentino, pudo responderle a su compañero: “Le dijimos ‘ahí los tenés a los ingleses que no iban a venir, nos están cagando a tiros’”.
“Nosotros a ese ataque lo vimos como por una pantalla gigante. En ese momento, y más aún con el hundimiento al día siguiente del Crucero General Belgrano, nos dimos cuenta que estábamos en una guerra. Ese fue el primero de los 44 bombardeos que sufrimos, o sea, uno por día. Venían todas las noches. Al principio sentí mucho miedo, después ese miedo se te transforma en coraje y te hace salir”.

En el campo de batalla, la posición de Claudino era la de “lanza morteros, que es el apoyo fundamental de quienes combaten cuerpo a cuerpo”. “El desembarco de los ingleses en nuestro sector fue el 13 de junio, un día antes de la rendición, alrededor de las 18 horas. Recuerdo que la madrugada previa la pasé cuerpo a tierra. Íbamos arrastrándonos a buscar las municiones de los morteros para poder disparar, y piedras para que no se nos hundan los lanza morteros en el barro. No nos podíamos levantar, para que no nos peguen las balas. Esa madrugada tiramos más de 2200 municiones”.

Claudino recuerda que el general británico Jeremy Moore fue quien instó al general argentino Mario Menéndez a rendirse: “Sin involucrar al gobierno argentino y sin resistencia, porque eso incrementaría las bajas”, según las palabras del inglés. Menéndez respondió que “la resistencia sólo podía llegar de la Fuerza Aérea”, algo que Moore suponía. El vice comodoro Eugenio Miari, uno de los firmantes de la rendición, fue quien habló con el jefe de la Fuerza Aérea Sur, brigadier Ernesto Crespo, para que se rindiera. Miari anticipó la respuesta: “No lo va a hacer”. Entonces, el Ejército británico le solicitó a Crespo su “palabra de honor para no atarlos”, a lo que luego de unas horas respondió en forma afirmativa.

La firma se realizó en las primeras horas del 15 de junio, pero en la traducción y en el apuro, figura que “la rendición surtirá efecto a partir de las 00 horas del 10 de junio de 1982”; cinco días antes de la rúbrica.
El Batallón de Infantería Marina 5 (BIM), donde participó Chamorro, sufrió 16 bajas y 68 heridos, de un total de 1.000 hombres (800 infantes de marina y 200 conscriptos del Ejército argentino). Mientras que los ingleses sufrieron 300 bajas, dato que el Ejército de la corona siempre trató de ocultar.

Tras la rendición, “permanecieron detenidos varios días hasta llegar a Ushuaia, el 23 de junio, después de tres días de viaje en el barco Almirante Irízar”. “Luego nos trasladaron desde el puerto hasta La Plata, a cumplir los tres meses de Servicio Militar que me restaban. Estuve un mes en el batallón y los restantes cuidando la frontera con Chile; de un lado del alambrado había una cabañita con soldados argentinos, y del otro lado soldados chilenos”.

“Con el abrazo que me dio mi mamá, creo que tenía ganas de meterme de nuevo en su vientre para volver a nacer”, dice recordando el regreso a Villa Gobernador Gálvez. Desde entonces, retomó su trabajo anterior y comenzó a ser entrenador de futbol infantil. “Eso me mantuvo despejado y con la cabeza ocupada”, destaca. Y a los dos años de regresar, se casó y formó una mi familia con tres hijos.

Como si todo lo vivido fuese poco, en 1985 Claudino fue uno de los fundadores del Centro de ex Soldados Combatientes en las Islas Malvinas; y en la actualidad es su presidente. “El espacio fue creado para contener a los compañeros y visibilizar los problemas que tenemos. Comenzamos a luchar por nuestras leyes y espacios. Recién en el ´91 un gobierno se dignó a darnos una pensión graciable y al PAMI como obra social”, señala. Para luego remarcar: “Todos los gobiernos democráticos se olvidaron de los veteranos de guerra, por eso siempre le estamos agradecidos al pueblo y vemos el respeto que nos tiene cuando hacemos alguna actividad solidaria. Nosotros a la pensión la cobramos porque la gente paga sus impuestos”. 

Además, es uno de los encargados de dar charlas en las escuelas: “Cuando regresé de la guerra, me costaba mucho hablar sobre lo que pasó. Hay muchos de nosotros que todavía no se pueden expresar al respecto”, recalca.

 

Una de esas tantas charlas culminó en una historia imperdible. “Leía mucho las cartas que llegaban a las Islas, en una bolsa de consorcio”, comienza su relato. “En esos primeros días, donde todavía no combatíamos, leí una carta de Diana, una alumna de 1er año de una escuela de Avellaneda (Buenos Aires). Le respondí, pero mi sorpresa fue muy grande cuando volví a recibir correspondencia de ella”, comenta con cara de asombro al recordar el momento. “Al finalizar el conflicto y con el pasar de los años, el intercambio de cartas continuó. En 1986 se produjeron unas inundaciones muy grandes en Villa Gobernador Gálvez; ahí perdí todo ese material, incluso el contacto de ella”. 

Pero lo atrapante de la historia no termina aquí. “En 2005 llamó una maestra de Lanús a la casa de mi mamá preguntando por mí, le pasaron el teléfono y entonces me llamó a mi casa. Esa mujer me comentó que Diana le había mostrado todas mis cartas y que las conservaba en un cofre. Esta señora era maestra de 5to grado de la hija de Diana. En esa conversación, me comentó que me iba a llegar una encomienda con cartas escritas por sus alumnos.  La hija de Diana me había enviado el teléfono, la dirección de su casa y un texto que decía ‘Claudino: llamala a mi mamá de sorpresa, que yo no le voy a decir nada’”. Entonces, pudieron restablecer el contacto, por carta y por teléfono. “Pero aún no hemos concretado conocernos personalmente”, lamenta.

 

 

Raúl Gómez

Nació el 27 de octubre de 1963 en Rosario

Raúl pasó su infancia en el Barrio Alvear de Rosario, “jugando poco al fútbol porque no sabía ni por dónde se inflaba la pelota”. Cuenta que proviene de una familia trabajadora: “Mi viejo era laburante de fábrica y mi vieja empleada doméstica, con dos hermanos y una hermana. A los 9 años tuve un accidente que me impidió ir a la escuela durante mucho tiempo y entonces repetí. Antes de terminar la primaria, y al ver que la guita no alcanzaba, dejé el colegio y empecé a trabajar”.
Sobre el momento del sorteo para el Servicio Militar Obligatorio, comenta que llegó a su casa y escuchó Radio Nacional. “Al oír el número que me había tocado, que era imposible salvarse, recuerdo la amargura que tuve porque sabía que se me cortaba la libertad. El 5 de enero de 1982 nos convocaron a la Ex Rural, de ahí nos trasladaron al aeropuerto de Rosario y desde ahí en un boing 707 con rumbo a la Primera Unidad Aérea en El Palomar”.

El 2 de abril de 1982, Raúl escuchó en la radio de un suboficial que “se habían recuperado nuestras Islas Malvinas”. “Yo no entendía mucho lo que pasaba. Dos días después nos dieron franco, pero no podíamos alejarnos más de 100 kilómetros, por lo que me quedé en Buenos Aires. Nos sorprendió mucho ver la ciudad embandera de celeste y blanco. Al día siguiente, el 5 de abril, nos comunicaron que nos iban a trasladar a Malvinas. Nos dieron un bolso con muy poca ropa, para nada abrigada. De ahí emprendimos el traslado hasta Comodoro Rivadavia, donde llegamos el 6 de abril alrededor de las 20 horas”.
“Nuestra tarea sería el ensanchamiento de la pista aérea. Debido a un entrenamiento que habíamos tenido, dedujimos que lo que íbamos a hacer era tirarnos del avión, que nunca se iba a detener, y tomar posición de ataque. Así que con solo tres meses de Servicio Militar, ya estaba en Malvinas”.
“Los comentarios entre los oficiales y suboficiales eran ‘quédense tranquilos que no van a venir; están como a 13000 kilómetros’; y que ‘los rusos y Estados Unidos estaban de nuestro lado’”, recuerda con pesar. Y agrega: “Por nuestro desconocimiento les creímos, con el tiempo nos dimos cuenta que eso no estaba ni cerca de la realidad. Lo que no sé es si ellos estaban desinformados también o nos mintieron a nosotros”. 

“En un momento, me hicieron hacer guardia por tres días, porque supuestamente me había quedado dormido. De castigo tuve que hacer un calabozo de campaña; que consiste en cavar un pozo de una cuarta alrededor tuyo, de la profundidad de tu estatura, y ahí permanecer durante el día y de noche regresar a la guardia. En un momento vi un tacho con fuego y me acerqué a calentarme las manos, al verme un cabo me dijo que ese tanque no existía. Estaba alucinando por el sueño que tenía y ahí vino un cabo a reemplazarme. Luego un Primer Teniente, que desconocía esa situación, me mandó a dormir. Creo que dormí como cinco días seguidos. Con estos hechos, entre otros, queda en claro que teníamos al enemigo dentro de la misma tropa”, reflexiona.

Al hablar sobre el comienzo del fuego, el 1º de mayo de 1982, recuerda un escenario estremecedor: “Comencé a correr; en un momento, miré al cielo y lo vi cubierto por las panzas verdes de los aviones. Se me pasó toda mi vida en una milésima de segundo. En los bunkers no había lugar para que me proteja y los aviones pasaban haciendo ráfaga de balas. Si me agarraban, me cortaban al medio. Vi un nene de unos 8 ó 9 meses que se soltaba la mano de una mujer e iba a buscar a una nena pequeña. Mucho no entendía. Al regresar, le comenté a mi mamá eso y me dijo que yo, cuando estaba comenzando a caminar, una vez le solté la mano y fui a buscar a mi hermanita. No lo podía creer”.

El día siguiente al inicio del fuego, se produjo uno de los hechos más recordados y lamentados del conflicto: el hundimiento del ARA General Belgrano. Ese 2 de mayo de 1982 finalizó la misión inglesa que había comenzado el 29 de abril, con la orden de que el submarino británico nuclear HMS Conqueror se coloque debajo de la ubicación del “gigante argentino”. 

A las 16.02, a una distancia de cinco kilómetros, se produjo el primer impacto con un torpedo Mark 8, que impactó en la sala de máquinas dejando el saldo de 272 víctimas fatales. El segundo ataque se realizó impactando en la proa, destruyéndola casi en su totalidad; entonces el Belgrano comenzó a hundirse. Si bien hubo un tercer torpedo disparado hacia una embarcación contigua llamada Bouchard, este no explotó. 

 

Veintiún minutos posteriores al primer impacto, se ordenó la evacuación en balsas y a las 17 horas el General Belgrano se hundió definitivamente en aguas argentinas. Tras una insostenible noche de tormenta y frío, cuatro embarcaciones argentinas participaron del rescate de los sobrevivientes: Paraíso, Piedrabuena, Bahía Paraíso y la mencionada Bouchard; algunas balsas nunca fueron rescatadas. De los 1.093 tripulantes a bordo del General Belgrano, el ataque se llevó la vida de 323 héroes (seis oficiales, 188 suboficiales, 130 marineros y conscriptos, y dos civiles).

Del momento final, le quedaron sentimientos encontrados: “Cuando nos comunicaron que nos habíamos rendido, las sensaciones fueron varias; una mezcla entre alegría, bronca y tristeza. Volvimos al continente de noche y fuimos recibidos por nuestros mismos compañeros que ya habían regresado. Allí permanecimos tres días, los cuales nos dieron comer a más no poder. Después nos dimos cuenta que todo eso era parte de una mentira, les quisieron hacer creer a todos que estuvimos bien en Malvinas”.

Raúl es uno de los integrantes del Centro de ex Soldados Combatientes en las Islas Malvinas, de Rosario. Reciprocidad es una palabra que le queda chica, sólo basta con escucharlo contar acerca de las recorridas nocturnas que realiza la entidad para ayudar a los más necesitados. “Nadie más que nosotros sabe lo que es tener hambre y comer de la basura, tener frío y estar al borde de la muerte. No somos la solución, somos un granito de arena. No solamente atendemos a gente en situación de calle, también vienen jubilados que no les alcanza para comer. Con esta actividad nos llenamos el alma, que la tuvimos vacía por mucho tiempo”.


Para finalizar, invita a mantener vivo el recuerdo de la Guerra de Malvinas: “No fue hace mucho y Argentina tiene 649 héroes, más todos los que fallecieron después, porque muchos soldados aguantaron las heridas de bala pero no soportaron el olvido y la espalda que les dieron muchos”, enfatiza. A su vez, pide que no les “falten más el respeto sacando del mapa a las islas y que posibiliten que los familiares de los caídos viajen a ver sus tumbas”.
Y finaliza con una frase digna de alguien que estuvo en combate: “Una guerra no deja nada bueno, deja la peor miseria humana; deja heridas en el cuerpo y en el alma que no se sanan, se sobrellevan”.

 

Claudio Petruzzi

Nació 5 de noviembre de 1963 en Monte Maíz, Córdoba.

“Hice toda la primaria y hasta 3º año de la secundaria en mi ciudad natal. Luego me vine a Rosario atrás de un sueño: ser futbolista”, recuerda, y continúa: “Me llegó la noticia de que Central estaba probando arqueros, así que vine y quedé, tenía que regresar en el ´81 a incorporarme. Me instalé en Granadero Baigorria, en la casa de unos tíos y comencé a entrenar. Iba al Normal Nº 3, en donde junto a Julio Mas, ex combatiente también, tenemos una placa recordatoria. Fue una época de mucho sacrificio”.

Claudio escuchó el sorteo para el Servicio Militar Obligatorio en la escuela. “Me había cambiado el domicilio a Baigorria para que me tocara en el Batallón 121 y así poder seguir entrenando los fines de semana. Salí sorteado, hubo un problema con el cambio de domicilio y tenía que ir al sur a hacer la colimba. En ese momento, supe que lo de futbolista se me postergaba mucho. Pensé que iba a estar 12 ó 14 meses muy lejos, sin poder entrenar”.

 

“Cuando me fueron a despedir, recuerdo que mi mamá lloraba mucho y yo le dije ‘vieja no llorés que me voy al Servicio Militar no a la guerra’. No sabía lo que me esperaba. En un principio fui chofer de camiones y luego me anoté como auxiliar de enfermería”. Las tareas que desarrolló marcaron el rumbo de su vida al regresar a Rosario, de hecho en la actualidad es médico pediatra de Neonatología del Hospital Eva Perón en Granadero Baigorria.
“No teníamos muy claro dónde íbamos a ir, pensamos que era a la frontera con Chile. Hasta que en un momento nos dijeron que habíamos recuperado las Malvinas y que teníamos que ir a las islas. Allá llegamos el 2 de abril”.

“El puesto sanitario en el que estuve estaba conformado por un jefe de enfermería y dos camilleros. Estuvimos instalados en el aeropuerto Puerto Argentino. Por suerte, gracias a dios o por lo que a cada uno le parezca, no tuvimos que intervenir mucho. Sufríamos con cada ataque aéreo, que desde el 1º de mayo fueron ininterrumpidos durante las noches que duró el conflicto”.

En marzo de 1989, Claudio se recibió de médico. “Tenía dos opciones para especializarme: pediatría o psiquiatría; y opté por los más chiquitos. Tanto en el fútbol, como durante la guerra y luego en la medicina, siempre destaco el trabajo en equipo”, subraya como enseñanza de vida.

Tras la rendición, “permanecieron detenidos varios días hasta llegar a Ushuaia, el 23 de junio, después de tres días de viaje en el barco Almirante Irízar”. “Luego nos trasladaron desde el puerto hasta La Plata, a cumplir los tres meses de Servicio Militar que me restaban. Estuve un mes en el batallón y los restantes cuidando la frontera con Chile; de un lado del alambrado había una cabañita con soldados argentinos, y del otro lado soldados chilenos”.

“Con el abrazo que me dio mi mamá, creo que tenía ganas de meterme de nuevo en su vientre para volver a nacer”, dice recordando el regreso a Villa Gobernador Gálvez. Desde entonces, retomó su trabajo anterior y comenzó a ser entrenador de futbol infantil. “Eso me mantuvo despejado y con la cabeza ocupada”, destaca. Y a los dos años de regresar, se casó y formó una mi familia con tres hijos.

 

Como si todo lo vivido fuese poco, en 1985 Claudino fue uno de los fundadores del Centro de ex Soldados Combatientes en las Islas Malvinas; y en la actualidad es su presidente. “El espacio fue creado para contener a los compañeros y visibilizar los problemas que tenemos. Comenzamos a luchar por nuestras leyes y espacios. Recién en el ´91 un gobierno se dignó a darnos una pensión graciable y al PAMI como obra social”, señala. Para luego remarcar: “Todos los gobiernos democráticos se olvidaron de los veteranos de guerra, por eso siempre le estamos agradecidos al pueblo y vemos el respeto que nos tiene cuando hacemos alguna actividad solidaria. Nosotros a la pensión la cobramos porque la gente paga sus impuestos”.

 

Además, es uno de los encargados de dar charlas en las escuelas: “Cuando regresé de la guerra, me costaba mucho hablar sobre lo que pasó. Hay muchos de nosotros que todavía no se pueden expresar al respecto”, recalca.  

Una de esas tantas charlas culminó en una historia imperdible. “Leía mucho las cartas que llegaban a las Islas, en una bolsa de consorcio”, comienza su relato. “En esos primeros días, donde todavía no combatíamos, leí una carta de Diana, una alumna de 1er año de una escuela de Avellaneda (Buenos Aires). Le respondí, pero mi sorpresa fue muy grande cuando volví a recibir correspondencia de ella”, comenta con cara de asombro al recordar el momento. “Al finalizar el conflicto y con el pasar de los años, el intercambio de cartas continuó. En 1986 se produjeron unas inundaciones muy grandes en Villa Gobernador Gálvez; ahí perdí todo ese material, incluso el contacto de ella”.

Pero lo atrapante de la historia no termina aquí. “En 2005 llamó una maestra de Lanús a la casa de mi mamá preguntando por mí, le pasaron el teléfono y entonces me llamó a mi casa. Esa mujer me comentó que Diana le había mostrado todas mis cartas y que las conservaba en un cofre. Esta señora era maestra de 5to grado de la hija de Diana. En esa conversación, me comentó que me iba a llegar una encomienda con cartas escritas por sus alumnos.  La hija de Diana me había enviado el teléfono, la dirección de su casa y un texto que decía ‘Claudino: llamala a mi mamá de sorpresa, que yo no le voy a decir nada’”. Entonces, pudieron restablecer el contacto, por carta y por teléfono. “Pero aún no hemos concretado conocernos personalmente”, lamenta.