Lunes, 02 Marzo 2015 18:35

El rey momo de Ludueña anda en bicicleta

Escrito por  Textos: Natacha Gattarello / Fotos: Luciana Harreguy
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El 25, 26 y 27 de Febrero, se llevo adelante un nuevo Carnaval-cumple de Pocho, para mantener viva como cada año la memoria y la lucha del militante social Pocho Lepratti. Hasta allí, la Plaza Pocho Lepratti (Velez Sarfield y Liniers - Barrio Ludueña!) llegó nuestra cronista y el equipo de fotografía de la Brújula para pintar esta crónica.

Martes 24 de febrero.

 

En la víspera de carnaval.

 

Era casi de viento norte el camino. Travesía en bicicleta. Hacia un costado, el río gredoso bordando más calles y edificios; allá, del otro lado de la orilla, verde el horizonte que reventaba de tan encendido por la resolana. Espejismo de la siesta.
La piel es caliente y salobre, toda impregnada, los músculos tensionados saben moverse casi por la costumbre del pedaleo, de tanto ir y venir.
Después, toco el aire, como se posa la libélula en la comba de una nube anunciadora de la lluvia. Yo sé, fue presagio, en la estación de nacimientos y albores.
Ya se verá.

Huayrapuca qué se lleva, qué nos trae. ¡Ay! Sea el desentierro y la dicha, agua remolino, una bendición.
Pasa que veo el yuchán asomado en una esquina del barrio y ya me perfumo de recuerdos y nostalgias, de esas más amarillas cuando cae la tarde. El sendero se alarga arropado de flores recién dormidas y nos arrima hasta la plaza que es en Ludueña; a esa hora de feria, el lugar se vuelve crisol de objetos, más colores, cuentos sonoros zumbando entre las anchas copas de los árboles.
Y desde ahí estoy viniendo para contar. Desde el bramido soterrado de las hojas, desde lo más hondo de la palabra justicia mil veces voraceada, desde el vuelo temerario de los pájaros en el verano.

Primera contemplación. Comunidad Sagrada Familia.

Un rancho pintado, cruzando un terreno descampado que es canchita de fútbol y donde reposan pastando los caballos. Dejamos bicicletas, nos sentamos con el Guiye, buscamos rinconcito de sombra y esperamos. Pues ya vendrán los changos que se encargan de realizar las actividades y talleres en el mismísimo lugar.

La invitación: dibujar unos carteles para decorar la plaza donde se cumplirá una vez más el carnaval cumple de Pocho, el número 14.
Apenas me dejo estar en ese instante del tiempo que ya no es, suspendida mi alma hacia este cielo inabarcable, sorbiendo la música que suena y proviene desde todo el misterio del día.
Aquí la vida late en cada sonrisa aparecida, y son las de los niños y las niñas con el asombro a cuestas, que ya se llegan hasta nuestro punto de encuentro.

Primero, fueron tres, de entre la polvareda nomás con el gesto descalzo, las manos tostadas y un puñado de bolitas en una botella de plástico. Luego se acercan más, una madre y sus niñas donositas de cabello largo y bien peinado, empapado de hace un rato en el patio de las casas.
Un changuito también, a galope limpio surca el vasto campo con una potranca que ni un año tiene, dice; se queda a compartir algo de lo que resta de la tarde.
“¡Uy! que está linda la bayita”, lo desafío y me sonrío con la duda.
“¿Cómo dijiste? Es gateada”, me corrige en una oración llana y certera. Así desensilla, a lo más gaucho, pequeño, piel y hueso, y un rostro que resuena de parajes lejos, más agrestes; donde cuentan que cuando los caballos se amanecen con las tusas trenzadas es porque han andado los duendes ¡uy!

Entonces, el niño toma distancia otra vez, de repente pega una corrida y en un salto vuelve a montar el animal que se ha quedado quietito contra el alambrado. Desde ahí arriba, él sigue relatando sus hazañas con tono corajudo mientras los demás escuchan sorprendidos. Apenas un leve corcoveo la yegüita y poquito a poquito la va amansando, es buenita, dice; y si la monta, sí, pero no todos los días porque todavía no tiene tanta fuerza y se dobla, explica él mientras le hace palmaditas en el lomo, ahora bruñido por el reflejo del  sol.

Y en el barrio es moneda corriente, los vecinos tengan su criollo en el baldío para trabajar por lo menos, que los crían pa´ cargar los carros o a veces para pasear nomás, aunque no mucho se pueda trotar por la calle, claro.
Igual, ahí tienen un buen rato para entretenerse y se ve que los mayores ya le van enseñando a los más chicos: el manchado es tobiano, también está el oscuro, el malacara, repite con picardía el changuito, ya vuelta a sonreír; y así les van mostrando.

Como soy savia originaria, a veces me llevan, suelo vagar por los confines del universo hacia el centro, donde todo acontece; regocijada vuelvo al verde, en la estirada morbidez de un tallo sencillo creciendo desde el mito más antiguo.  
Yo sé que él acude de tiempos bíblicos, soliviando la memoria insobornable.
Porfiado destino de semilla, soy.

A Pocho lo asesinó la policía santafesina el 19 de diciembre de 2001, y Carlos Reutemann es el responsable de tanta sangre derramada en nuestra provincia, carga con nueve muertos y toda la impunidad, todavía.
Desde entonces, y por más doloroso, todos los 27 de febrero se celebra su cumpleaños en carnaval, viejos rituales que el pueblo se inventa pa´ burlarse una vez más del Poder, ya ve.

Allí en el barrio Ludueña, donde él sembraba y desparramaba cada día su trabajo de hormiga y la alegría, lo multiplicaron. Y lo siguen multiplicando, por muchísimos arrabales más.
Porfiado destino de semilla.

Entren más niños y niñas. La capilla Sagrada Familia se colma de fiesta, porque de ese modo es cada jornada: en el oratorio, en los talleres de murga y percusión que se hacen en el espacio, en los encuentros de vecinos y vecinas.
Pronto ya se empiezan a mezclar los colores y comienzan a salir los primeros carteles de todas las formas y tamaños, para colgar al día siguiente en la plaza. Y si no viene el aguacero…

Qué lindo cuando enseguida va majando el rosado, la puesta. Yo estuve sintiendo como las torcazas atraviesan la oración cincelando desde arriba el cielo, figuras con sus sombras en el suelo yermo, desandando el rastro del viento.
Mañana ya es carnaval.

Día uno, miércoles 25 de febrero.

Iniciación.

Sortilegio acaecido en carnaval. Que se venga el desentierro ¡ay!
Aguacero has sido presagio; y en ti vibran las melodías que tañeron los dioses desde antes de antes. Por eso desciendes fresco, y la tierra te recibe con el ruido gris quejumbroso de las chicharras arengando al diablo, que ya anda descosido de farra y con la más pura libertad.
¡Uy! quién se salve, yo no sé.
Es pasado el mediodía y arriban al vecindario los colectivos y los autos que viajan de afuera, son tantos, es que así es todos los años. La lluvia parece que no da tregua, sin embargo, de a poco el gentío se congrega en la plaza para dar la bienvenida al festejo.

Ritual de estación añeja: marchan un montón de niños y niñas, cinco son, más de veinte, infinito alboroto, colorean unas hormigas que dibuja el Mono pintor en la calle, extendiéndose todo el camino que conduce desde la casa donde vivía el Pocho hasta la plaza.
Y como renazco de la tierra, me embriago del rocío en los trebolares. Tengo los ojos grandes como una lechuza.
Yo lo encontré al diablo en un bordito, pitando yuyos y echando quimeras en grandes bocanadas de alcoholes.

El rito aún no se acaba.
Voy delante de la huella que abandona un perro flaco. Empujo en un abrazo a las chinitas que se despegan del cordón, apresuradas por pintar.

Mis manos lozanas van chorreando añiles y violetas más brillantes. Otra vez, mis pupilas heridas de viento arrojan flores encendidas de jacarandá.
Y voy.

El centro de la plaza desborda en coplas y risa burlona. Las murgas rabiosas de bullicio no pueden dejar de hacer repiquetear los bombos y zurdos; desbocándose en canciones de letras profanas y una danza engualichada de saltos y patadas, les va saliendo a los pibes y a las pibas que giran, dan vueltas, tocan el cielo, se arrastran y vuelven a empezar.

Un niño cobrizo sopla un caño de plástico que ahorita se convierte en su erke, invoca en silbidos de azúcar a los ancianos, los changos; se desperdiga el rumor, el mujerío de feria, obreros y maestras, artesanas, amas de casa, pintores, cartoneros.
Enseguida, hay un manojo de personas que levanta en ademán de ofrenda al momo, rey del carnaval, aunque ya se adivine un final profetizado.

En esa fragua será el sacrificio necesario y suficiente para sepultar todo lo malo y resurgir en mensaje nuevo, sea esperanza de los pueblos.  
La Celeste y la Laura son las hermanas del Pocho. Son mujeres de mirada profusa, sangre rebelde y valentía. Yo sé que no las veré nunca claudicar la lucha, que las regresa cada vez más corajudas.  De linos rojos en la memoria y siempre con alegría, eso lo aprendieron.
Porfiado destino de semilla.

Quedo mirando los ojos encielados de los sapos que destapan el crepúsculo. Empozada en ese lila turbio y terco todavía, rezo a mis ancestros y a esa estrella primera, para que amaine la lluvia. Respiro el verde todo, otra vez rebasan mis sentidos y este ruego también me hace bailar, como es siempre ya ve.
¡Ay! Que me caiga el gualicho, una vez más. Ya se verá.

Día dos, jueves 26 de febrero.

Interludio.

Ya madura el carnaval, se florea enardecido por cada rincón; lo presumen las cantoras de tonadas alegres, bermejo lo gozan algunos hombres convidadores de vino y tabaco para fumar, pues saben el tiempo está contado.

Es que todavía me duele tragarme su desenlace triste de ceniza.
Un pájaro plumudo de buen agüero aletea y distrae el chaparrón. Será que aguanten estas nubes redomonas y el huayra, viejo arriero, las pueda apartar por momentos.

¡Ay carnaval!

Ocurre la tarde y mandan las premuras en la plaza de Ludueña. Yo he visto a su gente allí, laboriosa en ademanes, muy esmerada cuando va acomodando los puestos en el predio.

Mujeres de semblantes oscuros y bocas desdentadas, un silencio marrón les trepa por las manos y se les queda ensimismada en el cuenco la sílaba callada y olvidada. Entonces, cada una monta su mesita en algún costado, unita a unita se alistan y enseguida todo se parece a un gran mercado: trueques de ropa usada, frutas y verduras baratitas pero, espumas para los chiquillos, comidas caseras, los carros pochocleros, torta asada, tripa y corazón, para ganarse el pan de la jornada.

Entren conmigo a la mágica espesura, los palos borrachos panzudos yacen exuberantes, un jacarandá de leyenda donde se recuestan las voces sabias también trae urgencias, los arbustos nativos pueblan las cunetas, panaderos y pelusas, frágiles florcitas.

Ahicito nomás, un muchacho más lungo anda inventando máscaras de todas las especies para ofrecer la noche de carnaval. Los niños y las niñas forman el círculo y de vientre al césped dibujan, imaginan, se ríen mientras el Ariel sumido en una paciencia inexplicable los ayuda a recortar cartones y a pegar papelitos y brillantinas.

Frente a la plaza, la escuela circundada por paredes que son murales enormes, narran historias, paisajes, estampas de hermanos y hermanas que pisaron alguna vez este tramo de tierra. Otros, ahora vinieron a trazar nuevamente una imagen, una voz en aquellos muros percudidos de polvo, y para que no se olvide: ¡POCHO VIVE!

Tendidos al aire se flamean algunas banderas y trapos, banderines y guirnaldas de colores, más luces deleitan el escenario donde hoy sí, podrán actuar los musiqueros, las murgas, las bandas de rocanrol, cumbia y folclore.

Y digo, si será este suelo tan bello. A él retornan en ecos, sonoras las mudanzas que unos niños pequeñísimos ensayan en la pista; y una cueca violenta bailan las mocitas, ¡uy! que me encantaba verlas cuando se desbordan en ancas, traen con la danza esa insolencia de la raza, se estremecen sus pañuelos que son miles mariposas perdiéndose alto en la enramada.

Un viejo con cara de duende recién aparecido en remolinos, se me hace como reencarnado en el Pujllay, tiene la mirada diminuta y tan colorada, cuero pardo, camisa hecha hilachas, se me arrima y rumorea, igual el río canta las albricias de la tierra.

“Yo soy de Santiago del Estero, y si estuviera mi mujer, ya andaríamos bailando”, dice, destila alcoholes por su garganta.
Este bombo que tengo adentro, pues primero fui la arena con la semilla, después raíz y rojo ceibo de los campos, me pulsa con atrevida intención de amores. Me manda soltar de la entraña de mi centro hacia la tierra un compás insinuado y ha visto, eso me recuerda ¡ay! que dicen la que lindo baila, lindo ha´i querer. ¡Uy!

Más encuentros de vecinos, talleres de mujeres, charlas, paseos en bicicletas, allá  personajes raros que se entreveran en el espacio, todas estas cosas van transcurriendo.

Che Pibe ha llegado en el Che Bondi repleto, viene también desde los suburbios de Villa Fiorito, desde los potreros curtidos y el polvaredal, haciendo trabajo de hormiga, construyendo un mundo más digno, más justo.
Y será rocanrol más anocheciendo, de constelaciones metálicas y chirriantes las cuerdas de las guitarras, diapasones escupiendo sentencias por canciones.

Rondas callejeras por Farolitos encendidos.
“Forja carnaval, revolución de las cebollas
pa’ que no haya quien raspe una olla.
Siempre al fondo hurga el alambre
que ata al hombre con su hambre...”

Luego, me bullen racimos de luz, estrellas desmayadas y la copla crecida de lunas andariegas.
Les voy a contar el sabor de la brisa cuando hurguetea los flequillos castaños y las manitas de almendra de las niñas.
Mientras, perseveran las pascuas. Ya falta menos.

Día tres, viernes 27 de febrero.

Nacimiento.

La melena güera del sol se derrama lacia por las praderas. Sobre la yema de una hoja trepida el viento. Alguien recordaba con la memoria del aire el revoloteo pastoso de guancoiros besando la miel de los panales.
Era de hongos anaranjados y rugosos después de lluvia, el tronco vetusto de un paraíso cerca. Elevé mis pupilas, y todo el dorado de mediodía me suspiraba en el rostro, tímidamente me penetraba los huesos.

Hoy es el gran día.

Un círculo convoca la memoria. Yo ya sabía que la Celeste trae la inmensidad de una pena en la mirada. A la rueda urgen los viejos relatos y recuerdos, olores, sensaciones que transmitía el Pocho en su hacer sencillo y entregado.
Aunque nombrar todas sus cualidades sea imposible, dice Liliana, una mujer que desde siempre continúa luchando porque ha aprendido del trabajo de hormiga y hacer el amor, como enseñó el Pocho.

Un campamento de objetos forma parte del espacio, altarcito que su hermana va armando despacio; acomoda el mate, una mochila gastada, agendas amarillas con los últimos escritos del Claudio, libros cenicientos con su fe honrada, semillas, algunas fotografías de la infancia.

Así se sucede el homenaje, levantando esta memoria de linos rojos como los ha sembrado la Dalis, la mamá del Pocho allá en el campo, y florecen cada vez en una frase certera: VIVE. Eso nomás.
Ahora, la Celeste amamanta a Lila, la boca rosada de la niña levemente se entibia y eso hace que se detenga el lloro. Me regala una vaquita de San Antonio que se detiene en su mano blanca y pronto se va volando con el deseo más chiquito.

Manaban las risas de los niños y las niñas por los recovecos de la plaza. El Simón y el Severino corren envueltos en algodones dulcísimos. El changuito grita Pocho te quiero mucho y se oye el pulular de los insectos escondidos entre las piedras.
Llegan desfilando las murgas, retumban tambores, más música y baile endemoniado. Todo es júbilo y ceremonia. La Julia murguera me invita a bailar ritmos de cumbia que se escabullen entre los cuerpos que no pueden dejar de moverse.

Ya estaba embrujada y lo encontré al diablo otra vez gustando de los néctares prohibidos.
Con el ocaso, me voy bebiendo el mosto fermentado de morteros siderales para ser ofrenda en cuarto creciente. Soy la doncella.
Ay carnaval que te estás yendo.

Acaso reúnan mis ojos la majestuosidad de la llanura cuando el ritual acontece, los devotos cargan el rey Momo hacia el punto de la plaza donde el fuego consumará la profecía. Todos cantan de brazos levantados, danzan con la fosforescencia de las llamas que reptan hacia el cielo imitando serpientes galácticas.

En la penumbra de ese bosque, el viento traspasaba lanzando cuchillas. Corre la adrenalina, se arrastra una tropa de pibes que son los pintores de Ludueña, fieles discípulos del Mono, pedían cigarros que sean amable compañía para franquear tanta sombra. El iris verde de Camila observa la secuencia con el azoramiento de niña, alguien les convida una seca y ella una sonrisa.
Las flores blancas de yuchán eran como estrellas fugando al claror austral de un satélite.
El rey Momo agoniza con los últimos rescoldos.
Sola, bajo esta noche incendiada me quedo de cara a la luna creciendo por los flecos plateados, me quema el sueño, enterrado el diablo ya te vas carnaval.
La espera comenzaba de nuevo.

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