Jueves, 17 Noviembre 2016 21:27

Una flor para las tumbas sin nombre

Escrito por  Ignacio Cagliero

Eric Domergue nació en 1956 en París, pero pasó la mayor parte de su vida en Argentina. Es periodista, escritor, productor de radio y televisión. En 1976, su hermano Yves fue secuestrado por las fuerzas militares, junto a su novia Cristina Cialceta. De allí en adelante Eric y su familia comenzaron una búsqueda que terminó en 2010 con la identificación de los cuerpos, en la ciudad santafesina de Melincué.

Desde 2014 se celebra en Rosario la Semana por la Identidad. Bajo la consigna “Necesito verte hoy”, se llevaron a cabo en octubre una serie de actividades culturales, charlas y debates en torno a las personas desaparecidas durante la última dictadura cívico-militar, y a la lucha de Abuelas y Madres de Plaza de Mayo para restituir cada identidad.

En ese marco, Eric Domergue visitó el Museo de la Memoria donde se proyectó la película “Una flor para las tumbas sin nombre”. El documental, dirigido por Daniel Hechim, cuenta la historia de su hermano Yves y su novia Cristina Cialceta. Los cuerpos fueron restituidos en 2010 en Melincué, gracias a una investigación de alumnos de una escuela de la localidad.

Los años de la dictadura

En 1976 Eric y su hermano eran los únicos integrantes de la familia que se encontraban en el país. El resto había regresado a Francia, después de 15 años viviendo en Argentina. Eric tenía 20 años y su hermano 22, estudiaba Ingeniería Civil en la Universidad de Buenos Aires (UBA) y militaba en el Partido Revolucionario de las Trabajadores (PRT). Tras el Golpe de Estado del ’76, Yves pasó a vivir en la clandestinidad.

—¿Cuándo fue la última vez que viste a tu hermano?
—Fue en la calle Sucre en el barrio de Belgrano, caminando como hacíamos siempre que nos encontrábamos cuando el pasó a la clandestinidad. Ahí me comentó que iba a estar un tiempo fuera de la ciudad, y que no me preocupe. No me dijo dónde iba a estar, porque las medidas de seguridad de ese entonces impedían ser más precisos.

Luego recibí una carta postal desde Rosario, con fecha 20 de septiembre de 1976, donde me decía, simplemente, que en breve volvía a Buenos Aires. Y ahí fue que nunca volvió y no supimos más nada de él.
Mucho tiempo más adelante, supimos que fue detenido por una patrulla del Ejército, cerca del Batallón 121 en Rosario, junto a su novia Cristina Cialceta de 20 años.

—Y ahí comenzaste a investigar, ¿cómo se lleva adelante algo así durante tantos años?
—Los primeros momentos fueron de mucha angustia. Esperé y esperé, pero no tenía noticias. Y tampoco podía hacer nada. La única consigna que me había dejado mi hermano era que si le pasaba algo, que fuera a hacer la denuncia a la Embajada de Francia, en Buenos Aires. Así que el primer paso fue denunciar que un ciudadano francés había desaparecido en Argentina. Allí se contactaron con mi familia e inmediatamente desde mi casa me mandaron un pasaje de avión para que vuelva a Francia, porque desde la Embajada le habían dado a entender que podía correr el mismo peligro que mi hermano.

Así es que volví a mi país. A la par, mi padre vino a Argentina a presentar el recurso de Habeas Corpus. Lo hizo en Rosario, Buenos Aires y La Plata, y luego se volvió a Francia. Después esos recursos fueron respondidos todos negativamente; durante la dictadura no eran más que una formalidad, no se aplicaban.
Cuando mi padre regresó a Francia empezamos una campaña internacional por distintos países de Europa: Francia, Suiza, Bélgica, e inclusive al Parlamento de EEUU y al Vaticano. Luego se supo que eran varios los franceses que estaban desaparecidos en Argentina por la dictadura, así que se empezó a trabajar en conjunto.

—¿Qué información se tenía en Francia de lo que pasaba en Argentina?
—Muy rápidamente se empezó a conocer el tema de los secuestros, de las desapariciones. Empezaron a llegar a Europa los primeros sobrevivientes que relataban situaciones espeluznantes de tortura, de encierros, de los vuelos de la muerte. Se supo mucho antes que acá en Argentina, donde había un bloqueo informativo absoluto.
—¿Cómo fue tu primer contacto con Abuelas de Plaza de Mayo?
—Primero en Francia, en algún viaje que ellas realizaron. Luego me fui a México. En el ‘83, regresé a Argentina y ahí empecé a tener un contacto más fluido con Madres y con Abuelas, tanto en la Plaza, como en los locales donde ellas se reunían.
—¿Cómo sigue la búsqueda en democracia?
—Como familiares agotamos todas las instancias. Denunciamos ante la CONADEP, con el “Nunca Más”; brindamos toda la información que teníamos ante la Justicia, fui varias veces a los Tribunales de Rosario, porque la causa estaba en el Tribunal Oral Federal Nº 2. Lo último que hicimos fue la muestra de sangre para el Banco Nacional de Datos Genéticos (BNDG) del Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF), que en realidad lo hicimos como responsabilidad, sin mucha esperanza, pero fue lo que nos terminó devolviendo la identidad de mi hermano.


El caso Melincué

—¿Cuál fue el primer dato que tuviste sobre la posibilidad de que tu hermano esté enterrado como NN (No Name) en Melincué?
—Supe por la Secretaría de Derechos Humanos de la Provincia de Santa Fe que había dos cuerpos enterrados, uno masculino y uno femenino, en el cementerio de Melincué. Y por el expediente que había, que no tenía los nombres pero sí muchos datos, eran edades aproximadas a las que nosotros habíamos denunciado de Yves (22) y Cristina (20).

Fue una pequeña luz que se prendió. Por primera vez teníamos un indicio de que había alguna coincidencia en algún lugar de la provincia de Santa Fe. Lo que pasa es que Melincué queda a 120 kilómetros de Rosario; siempre estuvimos pendientes de las búsquedas e investigaciones que hacían los antropólogos en la región pero no tan lejos, nunca se nos ocurrió buscar ahí.

Cuando me enteré de esto en diciembre de 2008, viajé hasta Melicué junto a gente de la Secretaría de Derechos Humanos de Santa Fe, sin ninguna certeza, simplemente a  pedir que activen el pedido de exhumación de los restos para cotejar el ADN. Pero a los pocos días, cuando regreso a Buenos Aires, voy a ver a los antropólogos del EAAF y les comento esta nueva posibilidad. Ahí me dicen que conocen el caso de Melincué y que tienen el expediente. Pero me informan que las huellas dactilares del expediente habían sido estudiadas y no coincidían con ninguna de todo el archivo que tenían de búsqueda de personas desaparecidas. Esa pequeña luz que había, se apagó enseguida.

—¿Cómo hiciste para manejar la expectativa?
—No tenía expectativa. Estaba convencido que nunca lo íbamos a encontrar. Sabíamos que la amplia mayoría de los 30 mil desaparecidos estaban en el fondo del mar o del Río de la Plata, o en fosas comunes, o en lugares que nunca fueron identificados.
Hasta el día de hoy los antropólogos han encontrado alrededor de 700 desaparecidos. Un número enorme, porque la dictadura lo que quería es que no se encontrara a ninguno y poder mantener el dolor de las familias eternamente. Yo estaba convencido que Yves iba a ser uno de los que no iba a ser identificado

—¿Finalmente cómo fue restituida la identidad de Yves?
—El 5 de mayo de 2010 los antropólogos me llaman y me dicen que pudieron identificar los restos del NN masculino de Melincué y que coincidían con Yves. Fue gracias a la prueba de sangre que habíamos aportado al Banco Genético.
Obviamente hubo un problema con las huellas, estaban deterioradas o se cambiaron en el expediente, no se sabe. A partir de ese momento, antropólogos decidió no cerrar ningún caso por el tema de las huellas. Pero el ADN tiene la última palabra y en este caso fue contundente, 99,99% de compatibilidad de los huesos del NN masculino con la sangre de mi familia. No hubo ninguna duda.

—A la par toda otra historia en Melincué…
—Sí, allá aparecen dos cuerpos en un campo en el ’76, que fueron enterrados en el cementerio como NN. El caso conmocionó  al pueblo. De a poco la gente se fue compadeciendo, nadie sabía quiénes eran, iban al cementerio a visitar a sus familiares, daban una vuelta y siempre le dejaban una flor a los dos cuerpos (de ahí el nombre del film).

En 2003, Juliana Cagrandi, docente de la Escuela Pablo Pizzurno, realizó con algunos alumnos de quinto año una investigación sobre los cuerpos, como parte de un trabajo práctico. Y eso fue un detonante importante para nosotros, porque estuvieron golpeando distintas puertas, recogiendo datos. Incluso Juliana siguió cinco años con esa investigación y llegó a la misma Secretaría de Derechos Humanos de la provincia, que es la que luego me contacta a mí.

Es una maravilla para nosotros, porque detrás hay una historia que engloba a todo un pueblo. Trabajaron no sólo para que la memoria no se pierda, sino para que dos familias puedan recuperar a sus seres queridos. No tenemos el dato de algún otro cuerpo cuya identidad haya sido recuperada gracias a la investigación de vecinos.

—¿Cómo surgió la posibilidad de hacer la película?
—Ya hay tres materiales audiovisuales. El Primero fue “Expediente NN” que lo realizó Armando Senese, un fotógrafo de Melincué. Luego está “El caso Melincué” que fue realizado por Canal Encuentro, que es un documental de una hora, y cuatro capítulos de 30 minutos. El último fue “Una flor para las tumbas sin nombre”, dirigido por Daniel Hechim, que se publicó en 2014.

En todos los casos fueron producciones de directores o personas que se sensibilizaron con la historia y quisieron contarla a su manera. Eso es lo mejor: que cada uno pueda apropiarse de esta historia que también les pertenece. Siempre aclaro que no son películas mías, son películas que apoyo absolutamente, y que tanto yo como mi familia colaboramos en todo lo que se pueda.

La historia de Eric y su familia se sintetiza en la esperanza. Después de 35 años de búsqueda y gracias a la perseverancia de una ciudad, pudieron sellar una historia de película y mantener vigentes los valores de Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, en su lucha diaria por reconstruir las identidades de las víctimas de la dictadura militar.