Jueves, 24 Marzo 2016 03:54

Sobrevivientes: Horacio

Escrito por  Fotografías: Flavia Guzmán - Julieta Pisano / Crónica: María Sol Prados
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Horacio Dalmonego nació el 24 de Abril del 1958 y vive en plano barrio Abasto. Nos recibe en su casa, y entre mates, se muestra relajado y abierto. Esta no es la primera vez que cuenta su historia: fue colaborador con el Colectivo de Ex Presos Políticos y querellante en la causa DíazBessone (ex Feced).

 

 



Horacio fue secuestrado el 17 de septiembre de 1976 y fue llevado al Servicio de Informaciones, también conocido como "El Pozo". Permaneció allí detenido hasta el 5 de noviembre de 1976, para luego ser trasladado a la cárcel de Coronda hasta su liberación, en abril de 1979.

“Para mi es fundamental el testimonio del sobreviviente, es difícil tener a todos esos represores ahí sentados, esas basuras... Pero es fundamental, justamente para que se los juzgue y se sepa en la sociedad… por el Nunca Más. Es fundamental generar memoria”.

Su infancia trascurre en el barrio Cuatro Plazas, allí es donde empieza a involucrarse con los movimientos sociales. A comienzos de los 70, y con tan solo once años, se empieza a relacionar con la gente de su barrio a raíz del estallido social que se produce con el Rosariazo. Pero es recién en 1973, con el golpe de Estado en Chile y la llegada de Pinochet, donde entra en contacto con la Unión de Estudiantes Secundarios. “En esos años, la sociedad estaba mucho más politizada y muchas discusiones se empezaban a dar en distintos ámbitos, como en la escuela. Ahí fue cuando entre a contactarme y empezar a hablar sobre las reivindicaciones de las secundarias, el medio boleto estudiantil, que fue la bandera de lucha de la UES”.

Su militancia activa empieza en 1974, antes de la muerte de Perón y con una fuerte presencia de la Triple A. Es en 1975, después de la toma del cuartel en Formosa, cuando la organización hace un giro muy grande hacia la lucha armada. Horacio comenta que es ahí cuando ya se toma una actitud de llevar el foco de la lucha a todos los niveles y de enfrentarlos en todos los sectores. Había una necesidad de un cambio directo.

“Pensábamos que lo teníamos ahí cerca, rápido, que íbamos a tener a toda la población atrás. Y después uno piensa… somos muchos pero no somos tantos. En ese momentouno piensaque tiene la justa y va para adelante. Bueno, mira si no lo pensábamos que prácticamente nos jugábamos la vida en eso”.

“Para nosotros cualquier accionar era prácticamente como una operación militar porque te podían desaparecer”, cuenta Horacio, y agrega que luego del golpe de 1976, una de las funciones de la UES era apoyar los accionares de Montoneros: los actos relámpago consistían en cortar calles, quemar autos o tirar panfletos desde edificios para desviar a las autoridades. “Igual si llegábamos a hacer alguna pintada en alguna calle, para escribir reivindicaciones sobre el medio boleto o cualquier cosa, y llegaba algún móvil del servicio de informaciones, nos tiraban directamente”, remarca.

Horacio comienza a militar activamente en la Unión de Estudiantes Secundarios (UES) en el año 1974. "Para nosotros cualquier accionar era prácticamente como una operación militar porque te podían desaparecer", relata.

Y eso es justamente lo que sucedió el 7 de septiembre del 1976. Este evento es solo el comienzo de su encontronazo con las fuerzas de seguridad, pero ciertamente es uno de los más duros. “Nosotros estábamos por hacer una pintada en La Paz y Corrientes, íbamos a pintar una reivindicación. Y en ese momento llega un auto, pero llegan tirando. En esa pintada mueren dos amigos nuestros. El número uno de la UES de Rosario, “el Lalo” y “El negrito” de Chaco.

Ya sin contactos, Horacio logra volver a su casa. “Rosario no contaba con muchos lugares seguros para alojar a distintos miembros de la organización que eran buscados, y al ser una ciudad no muy grande, siempre corríamos el peligro de que nos reconocieran por la calle”, rememora.

El 7 de septiembre de 1976, Horacio y sus compañeros se disponían a realizar una pintada de la organización, en calles La Paz y Corrientes. Un auto se detiene frente a ellos, y matan a dos de sus amigos: el número uno de la UES de Rosario, "El Lalo", y "El Negrito" de Chaco. Horacio logra escapar, pero sólo por unos días.

Es después de la fatídica noche del 16 de septiembre, donde el movimiento estudiantil es golpeado severamente, cuando el nombre de Horacio aparece. “El 17 me vienen a buscar a mi casa. Sé que alguien dijo mi nombre, pero no le puedo decir nada, porque cuando te están torturando uno puede decir cualquier cosa”, comenta.

“Ya cuando caí preso, pase por la tortura. Ellos trataban de sacarte información muy rápido, entonces yo siempre decía que mi contacto estaba en tal calle, en tal lugar y a tal hora. Pero volvían y me decían: “este miente”. Lofiego, que le decían “el ciego”, manejaba la picana. Él decía “maquina, maquina” y te torturaban”.

“Por suerte me pude mantener en esa posición, porque no era fácil, cuando pasas un par de días ahí. Había una camilla de hierro donde te ataban, desnudo, y te tiraban agua. Te daban con la picana eléctrica, te golpeaban. No te sacaban ni para el baño. Un médico venia y te miraban el corazón, te interrogaban de nuevo y después perdías el conocimiento. Te volvían a interrogar… Y vos no sabías ni dónde estabas ni que habías dicho, porque te ponía mal de la cabeza”.

Horacio permaneció preso en el Servicio de Informaciones desde el 17 de Septiembre al 5 de Noviembre de 1976. Sus primeros treinta días los paso encapuchado en “La Favela”, un entrepiso del cual era imposible escapar. Y no era el único. “Estábamos todos apretados, tirados en el piso. Pasábamos días enteros ahí, te bajaban para interrogar y te volvían a tirar”, comenta. El proceso de blanqueamiento consistía en bajar a un sótano, donde ya no se estaba encapuchado. “Te decían que en cierta forma el que bajaba estaba blanqueado, que por ahí ya no te mataban, que tenías un poco de esperanza”.

El Pozo fue el principal centro clandestino de detención de la ciudad, manejado por Agustín Feced, jefe de la Unidad Regional II de la Policía de Santa Fe. Horacio permaneció allí sus primeros treinta días encapuchado hasta que lo bajaron al sótano. "En cierta forma el que bajaba estaba blanqueado. Ya no te mataban, tenías un poco de esperanza", relata.

El 5 de noviembre, Horacio es trasladado a la cárcel de Coronda. Esta fue dividida para albergar a presos políticos, donde seguían lejos de ser tratados como presos comunes. Se prohibía hablar, leer y hacer gimnasia. “En Coronda te trataban de destruir de la cabeza, ideológicamente, o desmoralizarte, pero igual nosotros hacíamos todo un trabajo interno, de estudio, de charlas, para mantenernos activos”.

En abril del 79 sale la lista con su nombre. Luego de salir sobreseído de una causa, por falta de pruebas, llegaba el fin del encierro.Sin embargo, el viaje de regreso no sería tan grato, un grupo de la patota del Servicio de Informaciones es designado para trasladarlos a Rosario. “Subimos a los autos y había muchas armas, estar sentado ahí era horrible. Fijate que en determinado momento paran en la autopista, y empiezan a tirar con las pistolas a los pájaros cagándose de risa. Cuando llegamos a Alvear y 27 de febrero nos dejan en la calle, y nos dicen “bueno, saben cómo tienen que andar ahora eh, anden tranquilos porque no tienen otra chance, de acá si los van a buscar de nuevo van al metro ochenta”.
La historia de Horacio termina como la de muchos otros. Pocos meses después de salir en libertad, se entera que su nombre había vuelto a saltar, que alguien había comentado algo, y que podían llegar a buscarlo otra vez. “Ese día hable por teléfono y no volví, mis viejos me prepararon un bolso y plata, y fui directo a la estación de colectivos con un boleto a San Pablo”.

Pocos meses después de salir en libertad, Horacio se entera que su nombre había vuelto a saltar. “Ese día hable por teléfono y no volví, mis viejos me prepararon un bolso y plata, y fui directo a la estación de colectivos con un boleto a San Pablo”, remata.

En Sorocaba, pequeño pueblo cerca de San Pablo, se aloja con un amigo que también había estado preso. Las circunstancias no eran las mejores, ya que se veían obligados a cruzar la frontera cada seis meses. Sus padres consiguen la ciudadanía Italiana desde Argentina y logran comprarle un pasaje de avión a España.

Luego de vivir un tiempo en España, Horacio conoce a su primera esposa y se mudan a Inglaterra. Allí tiene tres hijos y permanece hasta 1996. Separado de su esposa, retorna definitivamente a Argentina, y en el 98 retoma contacto con Susana Rosano, hermana de su compañero Robin, permaneciendo juntos desde ese año.

En su retorno, no solo colabora con el colectivo de Ex Presos Políticos, a su vez se suma al proyecto de la Fundación de Madres de Plaza de Mayo, y contribuye en la construcción de viviendas. Si bien es colaborador con el Movimiento Evita, y cercano a sus integrantes, Horacio no ha vuelto a militar en ningún partido político.

“Me gustaría recordar a los compañeros que han caído en esta lucha, en esta resistencia… En especial a Lalo, el Negrito, Robin y la Flaca, que fueron mis últimos contactos, y que murieron todos. Yo tengo la suerte de estar vivo.”

En la actualidad, Horacio ha colaborado con el colectivo de Ex Presos Políticos, Fundación Madres de Plaza de Mayo, partidos políticos afines, y fue querellante en la causa Díaz Bessone (ex Feced).

Visto 887 veces Modificado por última vez en Martes, 29 Marzo 2016 18:18